El regreso a la mansión fue tenso. Mi tía, con el rostro pálido y los labios apretados, no dijo una palabra hasta que traspasamos la puerta principal.
—¡Es indignante! —estalló finalmente, golpeando con furia el bastón contra el suelo de mármol—. ¿Quién se creen que son para poner en duda nuestro honor? ¡Y ese patán que osó tocarte...! Esto no quedará así.
—Tía, por favor, cálmate —supliqué.
—¡No me calmaré! —exclamó, pero al ver mi expresión, su rostro se suavizó—. Sube a descansar, querida. H