Elegimos un vestido de seda azul celeste - el color que Erick alguna vez mencionó que resaltaba mis ojos. El escote corazón estaba bordado con pequeñas perlas, y la falda caía en pliegues perfectos. Mientras Elena lo planchaba, sus manos cuidadosas parecían bendecir cada pliegue.
En el carruaje, mis dedos no cesaban de jugar con el collar de estrellas que Erick me enviara. Los campos verdes desfilaban ante nosotras como pinturas animadas.
—Respira, niña —dijo mi tía acomodando su vestido gris p