Valeria colgó la llamada con Isabella y se quedó mirando el teléfono durante varios segundos. Tenía el corazón acelerado y la garganta seca, pero por primera vez en muchos días sentía algo parecido a la determinación.Los niños seguían llorando en la sala. Carolina intentaba consolarlos con jugos y dibujos animados, pero nada funcionaba. Lucas era el que más lloraba, repitiendo una y otra vez:— Es mi culpa… si yo no hubiera aparecido, papá no estaría preso.Valeria se arrodilló frente a los tres y los abrazó con fuerza.— Nada de esto es culpa tuya, Lucas. Ni tuya, Mateo. Ni tuya, Emma. Papá cometió errores hace mucho tiempo, pero ahora estamos juntos y vamos a sacarlo de esto. ¿Me creen?Los niños asintieron entre sollozos. Valeria les besó las cabecitas y les prometió que todo iba a mejorar.A las once de la mañana, Isabella llegó a la casa. Entró con paso firme, sin maquillaje exagerado y con una expresión seria. Por primera vez, Valeria vio en ella a una madre preocupada, no a un
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