Valeria apenas durmió. El mensaje de Rafael seguía repitiéndose en su cabeza: “alguien de tu propia sangre”. ¿Quién? ¿Su madre? ¿Su hermana Carolina? ¿Alguien más de su familia que nunca le había hablado de los secretos de Diego?A las 9:50 a.m. ya estaba vestida y nerviosa, mirando el reloj cada treinta segundos. Diego bajó las escaleras con una taza de café en la mano y la abrazó por detrás.— Sea quien sea, lo enfrentamos juntos — murmuró contra su cuello—. Ya no estamos solos.Valeria se giró y lo besó con fuerza. El beso se volvió profundo, urgente. Diego la levantó sobre la encimera de la cocina y le quitó la blusa con prisa. Se amaron allí mismo, rápido y desesperado, como si el tiempo se les estuviera acabando. Cada embestida era una promesa de que nada ni nadie los separaría. Valeria gimió su nombre contra su hombro, clavando las uñas en su espalda, mientras Diego le susurraba al oído “te amo, te amo, te amo”.Cuando terminaron, jadeando y abrazados, el timbre sonó exactament
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