Vir soltó con brusquedad el cuello de la camisa de Diego. Luego intentó contener la furia que hervía en su interior y volvió a sentarse, mientras Mateo permanecía de pie detrás de él.El ambiente dentro del histórico Café de Tacuba, en el centro de la Ciudad de México, era sofocante. Bajo las antiguas lámparas colgantes y entre los pilares de piedra, Vir De la Vega Montesino luchaba por controlar la rabia que le consumía el pecho. Frente a él, Diego Costa fumaba su puro con absoluta calma, como si estuviera jugando con la vida ajena en la palma de su mano.—Relájate, Vir. Considera esta reunión como un gesto de nostalgia hacia el hijo de mi viejo amigo.—¡Basta de tonterías, Diego! —gruñó Vir con voz baja, pero afilada—. No haces más que dar vueltas y decir incoherencias. ¿Crees que tengo tiempo para tus ridículos acertijos?Mateo, que permanecía atento detrás de Vir, se inclinó ligeramente y susurró:—Señor, tenga cuidado. Tal vez solo intenta enfrentarlo con la familia de la señorit
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