Los buzos tardaron cuarenta minutos.Cuarenta minutos en los que Camilo se quedó agarrado a la baranda del puente Longfellow con las manos que habían sostenido a su hermana y que todavía sentían el fantasma de su piel resbalándose, mirando el agua negra donde los focos de los equipos de rescate cortaban la oscuridad como cuchillos buscando algo que no querían encontrar.Valentina estaba a su lado. No lo tocaba porque cada vez que intentaba ponerle la mano en el hombro él se apartaba con la rigidez de un cuerpo que no quiere ser consolado porque aceptar el consuelo significaría aceptar que hay algo por lo que consolarse y Camilo todavía no estaba ahí.Los policías les hicieron preguntas que Camilo contestó con monosílabos. Sí, es mi hermana. No, no se tiró. Cayó. Forcejeamos y cayó. No, no la empujé. Sí, estaba alterada. No, no sé si bebió. Sí, había un disco duro. No, no importa.Valentina contestó el resto. Les dio nombres, teléfonos, la dirección del hotel, la versión de los hechos
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