Los papeles llegaron un martes a las nueve de la mañana.No por correo, no por mensajero, no por ninguno de los métodos impersonales que Richard habría podido usar para mantener la distancia. Los trajo él mismo, en persona, con un traje gris que Camila le conocía de los juicios importantes y una carpeta de cuero negro que ella reconoció como la de su firma.Camila le abrió la puerta en bata. No se había duchado, no se había peinado, no se había maquillado. Llevaba cuatro días sin hacer ninguna de esas cosas porque no tenía para quién hacerlas. Los niños no estaban, Camilo no contestaba, Margaret la llamaba una vez al día para darle instrucciones que Camila ya no tenía fuerzas para seguir, y la casa, la mansión de cuatro pisos que durante años había sido su escenario principal, se había convertido en un mausoleo con calefacción.---Pasa ---dijo, y la voz le salió áspera de no usarla.Richard entró y caminó directo a la cocina, que era donde siempre habían tenido las conversaciones impo
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