A Uriel no le quedó más remedio que bajarla. En cuanto sus pies tocaron el suelo, a Alina se le aflojó el cuerpo y se apoyó contra él; luego, tambaleándose, intentó caminar hacia la puerta.Fue entonces cuando él comprendió: ni siquiera estaba despierta. Tenía la mirada perdida, aturdida, dando tumbos sin distinguir el camino.Lo que no esperaba era que estuviera tan en guardia: un simple abrazo bastaba para que se resistiera. Por miedo a que se cayera, la siguió paso a paso, sosteniéndola de vez en cuando, mientras avanzaban hacia la entrada del hotel.Paul, que iba detrás, también se había quedado pasmado. Vaya genio el de la cuñadita.Con trabajo llegaron hasta la puerta. Alina se tambaleaba a punto de desplomarse, pero cada vez que su medio hermano intentaba detenerla, ella se hacía a un lado por puro instinto.Se oyó el chirrido de un frenazo. Un Rolls-Royce negro se detuvo en seco frente a la entrada. Un guardia se acercó para pedir que no se estacionaran ahí, pero al cruzar la
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