El deportivo blindado chirrió sobre el pavimento húmedo, esquivando el camión cisterna por apenas unos milímetros. El impacto contra la valla de contención nos sacudió, pero Adrián recuperó el control con un rugido de rabia. Por el retrovisor, vi la mansión a lo lejos; una columna de fuego se elevaba hacia el cielo nocturno, marcando el lugar donde habíamos dejado a Beatriz.—¡Tenemos que volver! —grité, sujetando el USB contra mi pecho como si fuera un amuleto—. ¡Adrián, ella no podrá salir sola de ese sótano!—Ella dio una orden, Elena —respondió él, con la mandíbula tan apretada que temí que sus dientes se quebraran—. Nuestra prioridad es el Banco Central. Si el acta no se registra, su sacrificio no habrá servido de nada.—¿Sacrificio? ¡No hables como si ya estuviera muerta!Adrián no respondió. Su silencio era más pesado que el motor del coche. En ese momento, su comunicador táctico, conectado al sistema de audio del vehículo, emitió un pitido. Era la frecuencia privada de Beatriz
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