El interior del barco El Renacido bullía con una actividad frenética. Mientras un médico de confianza terminaba de grapar la herida de Adrián, yo me observaba en el espejo del camarote. Beatriz me había proporcionado un traje sastre de seda negra, impecable y severo, y un maletín de cuero que pesaba más por su contenido que por su estructura.
Dentro estaba el acta de disolución y la Cláusula 18 que yo misma había redactado a mano durante la travesía.
—Elena —la voz de Adrián sonó débil desde la