La figura avanzó entre la espuma de las olas con una confianza que desafiaba la tormenta. Adrián intentó levantar el arma, pero su brazo cedió, temblando violentamente por la pérdida de sangre. La luz de la luna finalmente reveló el rostro del hombre que bajaba de la lancha.
Era Santiago Varela.
—¿Santiago? —mi voz fue un susurro ahogado por el viento—. Pero... tú estabas detenido. Las pruebas... el fiscal...
Santiago soltó una risa seca, acomodándose la chaqueta de cuero empapada. Se detuvo a