El estruendo de los rotores del helicóptero hacía vibrar las paredes del sótano, desprendiendo polvo del techo sobre los documentos del Consorcio. Las luces de búsqueda atravesaban las rendijas de la trampilla metálica como cuchillas de luz blanca. Estábamos atrapados.—Mauricio no ha venido solo —susurró Adrián, pegando la espalda a la pared de concreto mientras revisaba el cargador de su pistola—. Ha traído a los mercenarios europeos. No quieren el documento, Elena. Quieren eliminarnos para que el "accidente" sea definitivo.—Si nos encuentran con esto, lo quemarán —dije, sintiendo el papel del acta de disolución crujir bajo mi chaqueta—. Adrián, tu herida... estás perdiendo demasiada sangre.Él me miró, y a pesar de la palidez de su rostro, sus ojos ardían con una intensidad que me hizo olvidar el miedo. Se acercó a mí y me tomó de la nuca, uniendo nuestras frentes en medio de la penumbra.—Escúchame bien, Elena Rivas. Si algo sale mal, vas a salir por el túnel de drenaje que da ha
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