El estruendo de los cristales rompiéndose fue seguido por un silencio tenso, solo roto por el siseo de los aspersores de riego que se habían activado automáticamente. El agua empezó a caer como una lluvia fina y artificial sobre las orquídeas y sobre nosotros.
Adrián avanzó entre la bruma del invernadero, con el arma firme y la mirada clavada en Leonardo. Sus ojos no mostraban sorpresa, sino una decepción gélida, la de alguien que ya esperaba ser traicionado por su mano derecha.
—Leonardo —dijo