El silencio dentro del coche de Adrián era más pesado que el de una tumba. Él conducía —algo inusual, ya que siempre prefería que su chofer lo hiciera— y sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el volante. En el asiento trasero, la bolsa de suero reposaba dentro de una caja térmica, como una prueba de cargo que esperaba ser juzgada.
—No intentes analizarlo con esa mirada de fiscal, Elena —dijo él, sin apartar los ojos de la carretera—. Sé exactamente lo que estás pensando.
—¿Ah, sí? ¿Y qu