Salimos del hospital por la puerta de carga, escondidos en la parte trasera de una furgoneta de suministros médicos que Adrián había conseguido "negociar" con un contacto que aún le debía lealtad. El lujo de los coches blindados había sido reemplazado por el olor a desinfectante y el traqueteo del motor viejo.
Adrián estaba sentado en el suelo de la furgoneta, apoyado contra unas cajas de gasas. Se veía pálido, y la mancha de sangre en su costado se había oscurecido, pero sus ojos estaban más v