Por primera vez en meses, despertamos sin prisas, sin reuniones de emergencia y sin amenazas pendientes.Adrián estaba detrás de mí, con un brazo rodeando mi cintura y su nariz enterrada en mi cuello. La luz del sol entraba suave por las cortinas. Era casi las nueve de la mañana.—Buenos días, esposa —murmuró con voz ronca de sueño, besando mi hombro.Sonreí y me giré para mirarlo.—Buenos días, esposo.Nos quedamos unos minutos más en la cama, besándonos perezosamente, disfrutando de la tranquilidad que tanto nos había costado conseguir. No había llamadas, no había mensajes anónimos, no había reuniones del consejo a primera hora.Después de ducharnos juntos, bajamos a desayunar a la terraza. Matilde nos había preparado fruta fresca, huevos, café y pan recién horneado. Adrián me sirvió el café exactamente como me gustaba: fuerte y con un toque de leche.—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó mientras untaba mermelada en una tostada.Lo miré sorprendida.—¿No tienes reuniones?—Cancelé tod
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