El humo empezó a filtrarse por los conductos de ventilación, tiñendo de gris el lujoso ático. Las alarmas eran ensordecedoras, un aullido constante que anunciaba el fin de la tregua. Mauricio, despojado de su máscara de sofisticación, sacó un arma de su escritorio, pero Adrián fue más rápido.
—¡Elena, al suelo! —gritó Adrián mientras abría fuego de cobertura hacia la posición de Leonardo y Mauricio.
Me lancé tras el pesado escritorio de obsidiana, apretando el pequeño vial del antídoto contra m