El viento de las hélices nos azotaba mientras las camillas de emergencia corrían hacia el helipuerto. Adrián se negaba a ser el primero en ser atendido, a pesar de que la mancha de sangre en su costado ya había empapado mi bufanda y su camisa.
—¡Llévense el vial! —ordenó Adrián a los médicos, su voz perdiendo fuerza pero manteniendo la autoridad—. Habitación 402. Ahora.
Yo no esperé a nadie. Corrí junto a los enfermeros por los pasillos blancos, apretando el antídoto contra mi pecho. Cada segun