El sol de la mañana empezó a filtrarse por las persianas del hospital, pero no traía consigo la calidez de un nuevo comienzo, sino la luz cruda de una realidad devastadora. Adrián estaba recostado en la cama de la habitación contigua a la de mi padre, con el torso vendado y la mirada perdida en el televisor de la pared, que estaba en silencio.
En la pantalla, los gráficos de la bolsa de valores mostraban una caída libre. El logo de Varela Global parpadeaba en rojo.
—Ha empezado —dijo Adrián con