La revelación de la patología genética de nuestro hijo se había instalado en el ático como un fantasma silencioso. Aunque afuera, en el mundo, éramos los dioses invictos que habían monopolizado el mercado y humillado a la Vieja Guardia, dentro de nuestro hogar, el tiempo se había vuelto un enemigo cruel. Cada respiración del bebé, cada sueño tranquilo, era un recordatorio de que nuestra victoria contra el Círculo Áureo no era el final, sino apenas el prólogo de la batalla más importante: la de nuestra propia sangre.Adrián entró en la habitación principal, donde yo observaba la cuna con el corazón encogido por el terror. Su presencia, siempre imponente, se sentía esta vez como un ancla en medio de un océano agitado. Me rodeó con sus brazos, su barbilla apoyada en mi hombro, y por un momento, solo existimos nosotros tres en el universo.—No vamos a perderlo, Elena —susurró contra mi piel, su voz cargada de una determinación feroz—. Si el Círculo Áureo tenía la cura, la encontraremos. S
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