La nota dejada en el salón seguía allí, una mancha de sombra sobre el cristal reluciente, pero al regresar al dormitorio, la imagen de Adrián durmiendo plácidamente me obligó a tomar una decisión: no dejaría que el terror profanara nuestra noche. Aquel mensaje era una intrusión, un intento de romper nuestra paz, pero yo era la Reina de Hielo y esta era nuestra noche. Con un movimiento rápido, oculté la nota en un compartimento secreto de mi escritorio y regresé a la cama.Me deslicé bajo las sábanas, sintiendo el calor de su cuerpo. Adrián se removió, atrayéndome hacia sí con un instinto protector que ni siquiera en sueños perdía. Sus manos recorrieron mi espalda, un toque que era a la vez un mapa de nuestra historia y una promesa de futuro.—¿Dónde estabas? —murmuró, con la voz pastosa por el sueño, sin abrir los ojos.—Aquí. Siempre aquí —susurré, acurrucándome contra su pecho.Él se despertó por completo, y en la penumbra, sus ojos negros encontraron los míos con una intensidad que
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