El ático de seguridad nos recibió con el silencio reconfortante que solo puede ofrecer el verdadero hogar, pero la sombra de La Haya pesaba sobre nuestros hombros como una lápida de plomo. Apenas cruzamos el umbral, Adrián fue directamente hacia la cuna de nuestro hijo. Lo levantó con una urgencia desgarradora, acunándolo contra su pecho masivo mientras cerraba los ojos, inhalando el aroma del bebé como si fuera el último respiro de aire puro que le quedaba en la tierra.Me acerqué a él, mis pasos lentos por la convalecencia que aún atormentaba mi cuerpo, y rodeé su cintura por la espalda. Apoyé mi mejilla contra su columna vertebral, sintiendo la tensión brutal que lo paralizaba.—Dime que no nos equivocamos, Elena —murmuró Adrián, su voz ronca, teñida por una duda oscura que amenazaba con devorarlo—. Te arrastré a mi mundo. Te convertí en mi reina, y ahora una maldita corte internacional ha emitido una orden de captura global contra nosotros. Si la Interpol cruza esas puertas, si no
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