El transistor sobre el mostrador dio un último chasquido, un crujido de baquelita y cobre viejo que sonó como una costilla al romperse, antes de apagarse por completo. La mecha de la vela en el tarro de cristal se ahogó en el exceso de su propia cera derretida, reduciendo la iluminación del restaurante a la claridad lívida y azulada que se filtraba por la cristalera principal. Fuera, la nieve caía con una monotonía pesada, borrando las líneas de la berlina negra de la Orden hasta convertirla en un bulto genérico más del aparcamiento.Marcus no se había movido del centro del pasillo, pero la rigidez que lo sostenía parecía haberse desplazado desde sus músculos hacia sus huesos. Mantenía las manos sueltas, con las palmas entreabiertas, mirando sus propios dedos como si acabara de descubrir que eran de carne y no las extensiones de cromo del uniforme táctico.—La frecuencia se ha desvanecido —dijo. Su voz ya no llevaba la modulación matemática del protocolo; era un hilo áspero, seco, la
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