Maya sintió que la sangre se le congelaba ante la frialdad quirúrgica de sus palabras. La verdad, cruda y brutal, había caído entre ellos como una guillotina.Las lágrimas, contenidas durante horas de tensión, desbordaron finalmente sus ojos. No eran lágrimas de culpa, sino de una angustia acumulada que ya no cabía en su pecho. El llanto le impedía respirar con normalidad, convirtiendo su confesión en un hilo de voz entrecortado.—Lo hice... lo hice porque no aguantaba más, Alexander —sollozó Maya, con el rostro empapado y la mirada clavada en el suelo, incapaz de sostenerle la suya—. Lo hice por cada vez que me miraste como si fuera invisible, por cada vez que me llamaste por un nombre que no era el mío solo para humillarme.Alexander no se inmutó. La observaba llorar con la impasibilidad de una estatua de mármol. Soltó su brazo con un movimiento brusco, como si su contacto le provocara asco, y se cruzó de brazos, exhibiendo su torso desnudo y la cicatriz en su sien como trofeos de s
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