Alexander la recorrió con la mirada, desde su cabello revuelto hasta sus manos temblorosas. En su mente, la imagen de Stefany acelerando el motor se mezclaba con la de Maya cambiándole las sábanas en silencio esa mañana. Ambas lo habían traicionado, cada una a su manera; una con la violencia del impacto y la otra con la seda de una mentira prolongada.—Deberías irte a casa, Stefany —dijo él. Su voz era plana, desprovista de cualquier rastro de afecto.—¿Me estás echando? ¡No puedo dejarte solo con esa mujer merodeando por aquí! —Stefany intentó endurecer el tono, pero su voz se quebró por la histeria y el alcohol—. Alexander, llevamos años construyendo esto. Somos la pareja perfecta, nuestras familias, el contrato de alianza... lo somos todo. No puedes tirar años de relación a la basura por un desliz con una secretaria de oficina. Esa mujer no es nada, es una sombra en tu vida.Alexander no parpadeó. La escuchaba hablar de "años" y de "perfección" mientras su memoria, ahora nítida, le
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