Maya lo miró como si no lo conociera. El asco reemplazó al dolor en sus ojos.
—¿Me estás diciendo que vendiste tu vida por un contrato de servidores? —susurró ella, con una risa amarga—. ¿Que vas a pasar el resto de tus días con una mujer que odias solo por una expansión global?
—¡Es lo que hago, Maya! —exclamó Alexander, acercándose a ella de nuevo, con la mirada encendida—. Soy un hombre de negocios. Siempre he puesto el imperio por encima de todo. Pero... —Se detuvo, su voz bajando a un susu