El Bentley negro de Alexander se detuvo frente a la escalinata. El motor se apagó, dejando un silencio denso entre ellos dos. Alexander no se movió de inmediato; apretó el volante con fuerza y Maya lo tomo de la mano para darle calma.—No bajes la mirada, Maya —dijo Alexander, con una voz que no admitía réplicas—. Pase lo que pase ahí dentro, recuerda quién eres y por qué estamos aquí.Maya asintió, alisando su vestido. El encuentro sexual de hacía una hora todavía latía en su piel, dándole un tipo de confianza salvaje y visceral. Bajaron del auto. Alexander le ofreció el brazo y, juntos, cruzaron el umbral de la casa que durante años había sido el centro de las intrigas de Anastasia.Al entrar al gran salón, el murmullo de voces se cortó en seco. La escena era el retrato perfecto de la aristocracia corporativa: Anastasia, con un vestido de seda esmeralda, sostenía una copa de cristal; Emma, sentada en un rincón con expresión ausente; y los Mayer. Arthur, imponente y severo, junto a s
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