—¿Crees que estoy cometiendo un error, Agustín? —preguntó, con la voz apenas en un susurro, buscando una salida que su propia ambición le bloqueaba.
Agustín no lo dudó ni un segundo. Se inclinó hacia adelante, dejando de lado el tono relajado para hablarle con una seriedad brutal.
—El peor de todos, Alexander. El peor de tu maldita vida —sentenció su amigo, clavándole los ojos—. Estás comprando una cadena de oro y llamándola éxito. Vas a despertar cada mañana al lado de una mujer que no soporta