El lunes por la mañana, la realidad me golpeó en la cara antes incluso de bajar del coche. El chófer de Julián detuvo el Mercedes frente a la escalinata de la facultad de Derecho con una puntualidad que me resultó ofensiva. El fin de semana en el campo, las risas con Lucía y el calor de las manos de Mateo parecían ahora un sueño lejano, una alucinación que el asfalto de Madrid se encargaba de borrar. Bajé del coche intentando mantener esa máscara de frialdad que tanto me había costado reconstruir. A lo lejos, vi llegar el deportivo de Mateo. Se bajó con esa elegancia innata, ajustándose la chaqueta del traje, pero nuestras miradas no se cruzaron. No podían. Éramos, de nuevo, los herederos de una tregua invisible que nadie más debía notar. —¡Emma! —la voz de Nadia me sacó de mis pensamientos. Ella y Leo estaban apoyados en una columna, esperándome. Leo me analizó con la mirada, buscando cualquier rastro del cansancio o la tristeza del viernes, pero le dediqué una sonrisa rápida para
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