El viernes por la noche, Madrid no dormía; rugía. Me miré al espejo una última vez antes de salir por la ventana. Había recuperado mi uniforme de guerra: unos vaqueros negros que se ajustaban como una segunda piel, un top de cuero que dejaba al aire la cicatriz casi invisible de mi costado y mis botas desgastadas. Me recogí el pelo en una coleta tirante, borrando cualquier rastro de la Emma que se sentaba en la primera fila de la facultad de Derecho. Esa chica era un disfraz. Esta, la que sentía el pulso en las yemas de los dedos, era la real. Leo me esperaba en el callejón trasero. No hablamos mucho. El silencio entre nosotros era cómodo, cargado de una lealtad que no necesitaba palabras. Cuando llegamos al polígono, el ambiente era eléctrico. Había más gente que la semana pasada, más dinero moviéndose y un olor a gasolina que me llenó los pulmones como oxígeno puro. Daniel Castro apareció entre la multitud, luciendo un traje que costaba más que el motor de Leo, pero con una sonri
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