El silencio en la sala de juntas era tan denso que Emma podía oír los latidos de su propio corazón retumbando en sus oídos. Silas DArgent se quedó mirando el recorte del periódico sobre la mesa como si fuera una serpiente a punto de morderlo. Sus dedos, siempre firmes, temblaron apenas un milímetro, pero fue suficiente para que Azkarion lo notara.
—¿De qué locuras estás hablando, muchacha? —la voz de Silas sonó ronca, forzando una calma que ya no tenía—. Ese accidente fue una tragedia nacional.