El frío calaba hasta los huesos. Emma se apretó la chaqueta barata contra el cuerpo mientras caminaba apresuradamente al lado de Azkarion. Él ya no caminaba con esa zancada arrogante de jefe; ahora se movía con una cautela tensa, escaneando cada sombra de los muelles.
—¿Estás segura de que es aquí? —preguntó Azkarion, bajando la voz. El olor a pescado podrido y óxido inundaba el aire.
—Es el club de póker clandestino de Dante —susurró Emma—. Sophia me habló de este sitio una vez, cuando pensaba