La noche sobre el Castillo de Blackwood no era simplemente oscura; era una entidad densa, saturada por una humedad que se pegaba a la piel como una advertencia. El silencio en el promontorio era tan absoluto que el crujir de una rama seca bajo las botas tácticas de Zack sonaba como un disparo. La coalición avanzaba en una formación de pinza perfecta, una geometría de muerte diseñada por mentes que sumaban siglos de experiencia en el arte de la caza.A quinientos metros de la entrada principal, el grupo se detuvo. Zack, en una forma humana cargada de tensión alfa, hizo una señal con la mano. Jackson, a su izquierda, se fundió con las sombras de un matorral, sus sentidos lobunos filtrando cada siseo del viento. Valerius, por su parte, permanecía estático, una estatua de mármol negro que no parecía respirar, con sus ojos carmesíes fijos en las almenas derruidas del castillo. Tamara se mantenía en la retaguardia inmediata, con su dije de plata emitiendo un pulso cálido contra su pecho; no
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