Noah estaba despierto desde hacía rato, pero no se había movido. No quería romper el hechizo. Cada vez que abría los ojos, temía descubrir que todo había sido un sueño, que Antonia no estaba a su lado, que la conexión que había sentido durante la noche se desvanecería como el humo de las velas. Pero ella seguía ahí. Su respiración era profunda, tranquila, y su cuerpo, pequeño y cálido, se pegaba al suyo como si fuera un imán.Antonia dormía a su lado, con el cabello desparramado sobre la almohada como un abanico de seda oscura. Tenía una mano apoyada en el pecho de él, y los dedos, relajados, apenas rozaban su piel. La luz de la mañana le iluminaba el rostro, acentuando la curva de sus mejillas, la línea de sus labios, las pestañas largas que descansaban sobre sus pómulos como abanicos cerrados. Noah la miró un largo rato, sintiendo que el corazón se le llenaba de algo que no sabía nombrar. No era felicidad. No todavía. Era otra cosa. Algo que se parecía a la esperanza.Sus dedos reco
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