La noche llegó con una tormenta que no se había anunciado, y con ella, el primer síntoma.Leo fue el primero en enfermarse. Antonia lo encontró en su cama con la frente ardiendo y los ojos vidriosos, envuelto en la manta que Noah le había tejido. El sudor le empapaba el pijama, y su respiración era corta, entrecortada, como si algo estuviera presionándole el pecho. Nael despertó una hora después, con la piel caliente y un llanto desgarrador que atravesó las paredes de la mansión. Y Tobías, el que siempre había sido silencioso, empezó a llorar sin consuelo, con los brazos aferrados al cuello de Alejandro, su cuerpo pequeño temblando de fiebre.El caos se instaló en la mansión como un invasor silencioso. Los pasillos se llenaron de pasos apresurados, de voces que daban órdenes sin ser escuchadas, de miradas que se cruzaban buscando respuestas que nadie tenía. Elena llamó a los médicos de la Red, y ellos llegaron con maletines y caras serias, pero los diagnósticos eran vagos, evasivos: «
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