El sol de la mañana calentaba los ladrillos recién colocados de la nueva casa. Noah estaba en el andamio, con los brazos manchados de cemento y la mirada perdida en el horizonte. La estructura ya tenía forma: cuatro paredes, un techo a dos aguas, ventanas grandes que daban al lago. Era pequeña comparada con la mansión, pero era suya. De él. De Antonia. De los niños. El sudor le corría por la frente, y los músculos le dolían después de horas de trabajo, pero no se detenía. Cada ladrillo que colo