El resto de la semana fue una sucesión de pequeños milagros que nadie se atrevía a nombrar. Noah bajó a desayunar todos los días. No comía mucho, pero comía. Se sentaba a la mesa con Leo y Nael, y aunque sus ojos seguían apagados, ya no evitaba las preguntas del niño. Leo le contaba sus sueños, le mostraba sus dibujos, le preguntaba cuándo iba a jugar con él en el jardín. Noah respondía con monosílabos al principio, pero con el paso de los días, las respuestas se hicieron más largas. Una mañana