El jardín de la infancia de Alejandro se extendía bajo un cielo de un azul tan intenso que parecía irreal. Los jazmines que su abuelo había plantado antes de que él naciera seguían floreciendo, y el aroma dulce llenaba el aire como una caricia, envolviéndolo en una sensación de paz que no había sentido en años. Alejandro estaba sentado en el banco de madera que su abuelo había tallado con sus propias manos, sintiendo el calor del sol en la nuca y el peso de los años en los hombros. No recordaba