La bombilla seguía parpadeando, pero Noah ya no sabía si era real o parte de su mente desmoronándose. Había perdido la cuenta de los días. Las horas se derretían unas dentro de otras como velas en un horno, y el único punto de referencia era la puerta de metal, que se abría cada cierto tiempo para que los hombres de gris dejaran la bandeja con comida y agua. A veces Valeria entraba. A veces no. A veces alucinaba con su presencia, con su voz susurrándole al oído que no valía nada, que Antonia ya lo había olvidado, que los niños llamaban «tío» a Alejandro.Esta vez, la bandeja estaba en el suelo, intacta. Noah la miraba desde su rincón, con la espalda apoyada en la pared húmeda y las piernas encogidas contra el pecho. El olor de la comida le revolvía el estómago, pero no era hambre lo que sentía. Era rechazo. Sabía que la comida estaba contaminada, que Valeria escondía las drogas en el pan, en la sopa, en el agua turbia del vaso de plástico. Había dejado de comer hacía dos días, o tal v
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