Los hombres de gris lo arrastraron por un pasillo que parecía no tener fin. La luz de los tubos fluorescentes del techo era tan blanca y cegadora que Noah tuvo que entrecerrar los ojos para no quedar ciego. Sus pies descalzos apenas rozaban el suelo de cemento, y las esposas le mordían las muñecas con un dolor sordo que se sumaba al de los días acumulados. No sabía adónde lo llevaban. No sabía si Valeria había ordenado su traslado para alejarlo de algún rescate inminente o si era solo otro movi