Pasó un mes antes de que Alejandro pudiera cargar a Tobías sin ayuda.No era un hecho extraordinario para nadie más. Para los empleados de la mansión, fue un día como cualquier otro. Para Noah, un gesto más en la larga recuperación del magnate. Para Antonia, la confirmación de que, a veces, las pequeñas victorias son las que más duelen y las que más sanan. El sol entraba por los ventanales de la nursery, y Tobías, que ya reconocía las voces de quienes lo rodeaban, extendió los brazos hacia Alejandro cuando él se acercó a la cuna. El niño sonrió, y Alejandro, con las manos temblorosas, lo alzó.No fue un alzamiento firme. No fue el gesto seguro de un padre que ha cargado a su hijo cientos de veces. Fue un equilibrio inestable, una tensión en los hombros, una respiración contenida. Las manos de Alejandro vibraban, y los dedos se aferraban con una fuerza que parecía decir «no te voy a dejar caer». Pero Tobías no lloró. No se quejó. Solo se quedó quieto, con los dedos enroscados en el cue
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