La neuróloga llegó sin avisar.Antonia estaba sentada en la cama, el cuaderno de dibujo abierto sobre las piernas, los lápices de colores desparramados a su alrededor. Desde que había dibujado el rostro del anciano, no podía parar. Sus manos se movían solas, trazando líneas que su mente no ordenaba, creando imágenes que no entendía.Una casa con ventanas grandes. Un jardín lleno de flores. Un par de manos arrugadas sosteniendo una taza.—Veo que está ocupada —dijo la doctora desde la puerta.Antonia levantó la vista. La mujer era alta, de cabello recogido en un moño apretado, con una bata blanca que le quedaba grande. Sus ojos eran amables pero evaluadores, como si estuviera haciendo cuentas mentales de todo lo que veía.—La neuróloga —dijo Noah, levantándose de la silla—. Doctora Fuentes.—Puede quedarse —dijo la doctora, entrando con una tabla llena de papeles en las manos—. De hecho, prefiero que se quede. Usted es el contacto que dejaron en admisión, ¿verdad?Noah asintió. Antonia
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