No era Alejandro.
Era una mujer. Alta, rubia, con el pelo recogido en un moño perfecto y un vestido que costaba más que todos los muebles de la casa. Sus ojos barrían el interior con una mezcla de curiosidad y desprecio. Cuando sus pupilas encontraron a Antonia, algo en su rostro cambió. Una mueca. Una chispa de algo que podría ser celos o podría ser odio.
—Así que es cierto —dijo Valeria, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. La esposa desaparecida de Alejandro vive con mi ex prometido.