El Palacio de Justicia de Ginebra se erguía como un mausoleo de mármol gris bajo un cielo que amenazaba con desplomarse en lluvia ácida. Antonia sentía que cada paso que daba sobre el suelo pulido resonaba no solo en los pasillos, sino en el vacío de su propia memoria, que regresaba a ráfagas como latigazos. A su lado, Alejandro Montenegro caminaba con una elegancia gélida, su mano derecha apoyada en un bastón de madera oscura y la izquierda sujetando la cintura de Antonia con una presión que oscilaba entre la protección y la propiedad.—Manten la cabeza en alto, Antonia —susurró Alejandro, su aliento rozando el lóbulo de su oreja como una advertencia—. Los fotógrafos no buscan la verdad, buscan una grieta. Si te ven temblar, le estarás dando a Natalia la soga para ahorcarnos a todos.Antonia forzó una sonrisa mecánica. Por dentro, su mente era un campo de batalla. Solo unas horas antes, Noah y Alejandro le habían devuelto las piezas de su vida: el hecho de que Leo, el niño que ella a
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