El interior del avión de carga de la Red vibraba con una intensidad que hacía castañear los dientes. Afuera, una tormenta de nieve andina envolvía el fuselaje, borrando la frontera entre el cielo y la tierra. En la bodega de carga, la tensión era tan espesa como el aceite hidráulico. Antonia estaba sentada frente a Natalia, quien permanecía esposada a una de las estructuras metálicas del avión. Al fondo, Noah revisaba los monitores médicos de Alejandro, mientras Caleb, en la cabina, luchaba contra las turbulencias y los radares del Sindicato que patrullaban el espacio aéreo chileno.Natalia levantó la vista, sus ojos inyectados en sangre y su maquillaje corrido, dándole un aspecto espectral. A pesar de estar derrotada, la maldad seguía brillando en su mirada como una brasa que se niega a morir.—¿Crees que por tenerme aquí vas a ganar, Antonia? —siseó Natalia, con una sonrisa torcida—. Alejandro nunca será tuyo. Él me pertenece en la salud y, sobre todo, en la enfermedad.Antonia no
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