La mesa de la cocina se había convertido en un centro de operaciones.
Antonia estaba sentada frente a Noah, con una taza de café entre las manos que ya se había enfriado hacía horas. No recordaba la última vez que durmió más de cuatro horas seguidas. Leo había tenido pesadillas otra vez, despertándose gritando el nombre de Noah, y Nael había llorado hasta el amanecer con un cólico que ninguna posición ni remedio casero lograba calmar. El cansancio le pesaba en los hombros como una losa, pero no