Los días sin Noah se volvieron más largos de lo que Antonia esperaba.
No era la soledad lo que la molestaba. Era el silencio. El vacío que dejaba su ausencia en las mañanas, cuando el ruido de la cafetera no llegaba desde la cocina. En las tardes, cuando Leo preguntaba una y otra vez cuándo volvía «el arquitecto». En las noches, cuando Nael lloraba y Antonia lo mecía en la oscuridad, sintiendo el peso del bebé en los brazos y el peso de su propia fragilidad en los hombros.
Elena se quedaba con