El abrazo no terminaba. Lenna seguía con los brazos alrededor de Juan Diego, la cara hundida en su pecho, el corazón latiéndole con una fuerza que no sentía desde hacía años. Diego estaba entre ellos, quieto por un momento, como si también entendiera que algo importante estaba pasando. El sol de Miami entraba por los ventanales, pintando el momento de dorado.Juan Diego no se movía. No quería. Tenía un brazo alrededor de Lenna y el otro seguía sosteniendo al bebé, y sentía que si se movía, si decía algo, si hacía algo, todo se rompería. Porque esto era un sueño. Un sueño que había tenido durante diez años. Y no quería despertar.Pero Diego empezó a inquietarse. Movió los bracitos, hizo esos sonidos que precedían al llanto, y Lenna se separó apenas.—Espera —dijo, con la voz suave—. Dame el bebé.Juan Diego se lo alcanzó con cuidado. Lenna lo sostuvo contra su pecho, lo acunó un momento, y caminó hacia la habitación. Diego se chupaba el puño, con los ojos entrecerrados, a punto de rend
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