Las primeras dos semanas con Diego fueron un torbellino de pañales, biberones y noches sin dormir. Lenna estaba agotada. No importaba cuánto poder tuviera en la oficina, cuántos imperios manejara con mano firme, cuántos inversores coreanos doblegara con una sola mirada. Un bebé de días era más implacable que cualquier junta directiva. Y ella, por primera vez en mucho tiempo, sentía que se ahogaba.
Pero Juan Diego estaba ahí.
No se iba. No se cansaba. No le reclamaba nada. Llegaba temprano, se q