La mañana entró por los ventanales de la mansión como un río de luz dorada. Anika estaba en la sala, sentada en el sofá, con una taza de té entre las manos, los pies apoyados en el reposapiés que Thomas le había comprado cuando ella fingía no poder caminar. Pero ahora no fingía. Ahora estaba mejor. Mucho mejor.
Llevaba puesto un vestido color lavanda, el cabello suelto y brillante, las mejillas sonrosadas. Se veía más joven. Se veía más viva. Se veía como la mujer que Thomas había conocido años