La sala de espera del aeropuerto de Miami estaba llena de viajeros apurados, maletas que rodaban sobre el piso de mármol y voces que se mezclaban en un rumor constante. Lenna estaba sentada junto a la ventana, con la mirada perdida en las pistas donde los aviones despegaban y aterrizaban como pájaros mecánicos. A su lado, Max revisaba su teléfono con una paciencia que no le conocía.
—¿Dónde está Juan Diego? —preguntó Max, levantando la vista.
—Fue al baño —dijo Lenna, sin dejar de mirar por la